Ninguno

 


NINGUNO

Yo vengo de otras tierras,
de otros caminos,
de otro lugar.

No estamos ajenos allí,
a la muerte.

Hemos matado a hombres
con las manos verdes del trabajo.
Hemos hecho desaparecer sus voces.

Asesinamos árboles,
gigantes sobrevivientes de la selva,
bajo el capricho tenebroso de la autoridad.

Hemos matado símbolos
que señalaban el norte y el sur,
el este y el oeste.

Hemos sacrificado caminos y lugares
para sembrar iniquidades
y falsas vías de escape.

Ninguno permaneció latiente y tibio,
todos muertos.

Deshumanizados y autómatas,
aceptamos la linealidad absurda del destino,
construido con los ojos enanos del ambicioso.

¿Somos alguien?
¿Podemos ser alguien?

Recuerdo que hace unos años,
cuando trabajaba apasionadamente
en una escuelita distante y sin rumbo,
una pequeña isla con restos semidesnudos de monte,
mi memoria quedó anclada en un acto
que desdibujaba la formalidad de una inauguración,
para teñir de politiquería y demagogia
las obras que se pagan con la plata del obrero.

Ramoncito,
el más pequeño de mis alumnos —haraposo, sucio y, demás está decir, desnutrido y triste—
se convirtió en alguien por algunos segundos.
Fue el elegido.

En ocasión al acto se repartían zapatillas
de dudosa utilidad para caminar más de un día
los kilómetros que separaban la chacra de la escuela.

Ramoncito fue símbolo y oprobio
de la infinita bondad y ecuanimidad
del Estado y del gobierno de turno.

Ante todos los presentes fue él
quien recibió de manos del propio gobernador imperante
los flamantes pares de zapatillas.

La escena transcurrió seguida de fervorosos aplausos,
besos de congratulación y obsecuencia,
flashes que retratarían el magnánimo hecho
en los diarios locales y regionales,
para lo que estaban vestidos especialmente.

Pocos minutos después,
Ramoncito —acercándose,
con los ojos cargados de transparente decepción,
sosteniendo el par de zapatillas con ambas manos,
entrecortado y tácito,
con los hombros rozándole el mentón—
me ofreció sus transparencias
que ya rodaban por las comisuras de sus labios
y dijo:

“Me quedan chichas, ¿puedo pedir otras?”

Afirmé con un nudo atravesado en la garganta.
Andá —contesté—.

Como nadie se dio cuenta de nada,
Ramoncito regresó con el nuevo par,
esta vez a la medida de sus piecitos,
y me los mostró con alegría.

“Voy a pedir también para mis hermanitos”,
me informó con la voz afónica de picardía,
y no se detuvo hasta conseguir los ocho pares que necesitaba.

Regresó a su casa feliz.
Sin embargo, yo tuve que contener la indignación.

Él había sido un ninguno,
un nadie de esos del poema;
tal vez sólo para mí era el Ramoncito
que a duras penas sobrevivía entre escuela y tarefa.

Las hojas de su cuaderno,
teñidas de verde savia vegetal,
solamente para mí representaban algo,
alguien,
una historia,
una vida que vale la pena.

No un simple y cómodo juguete,
un mecanismo que hace funcionar falsos pretextos,
una estrategia de la ignominia,
un personaje en un escenario de anécdotas
que contribuyen engañosamente
a engordar lo que siempre será flaco y esmirriado.

Ahora,
con el tiempo distante y la geografía ajena,
descubro que yo también fui un ninguno.

Un Ramoncito,
un héroe muerto,
como treinta mil desaparecidos,
como el mito degollado de la humanidad.

Una falsa creencia,
una farsa dentro de una caja china,
una fábula sin moraleja,
una canción hecha sólo de silencios…

Todo eso soy,
y también,
soy ninguno.

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