Poética de la contracción

 


Poética de la contracción

Prólogo del autor

Por Darío Scherich

    Durante años escribí poemas sin saber que formaban parte de una misma respiración. Algunos nacieron de la duda, otros del amor, otros de una intuición cósmica difícil de nombrar. Con el tiempo entendí que no eran fragmentos dispersos, sino instantes de un proceso continuo: un universo que se expande, se repliega y vuelve sobre sí mismo.

    La Poética de la contracción surge de esa conciencia tardía. No es un retorno al pasado, sino la maduración de un movimiento que nunca se detuvo. Estos textos —escritos entre 2011 y 2025— trazan un mapa de la materia emocional y del pensamiento: la oruga que interroga su metamorfosis, el colibrí que duda del vuelo, el amor que se vuelve energía y luego vacío, la palabra que se deshace para volver al silencio.

    El cosmos, la carne y el lenguaje se comportan aquí como un mismo cuerpo. Cada poema busca comprender la materia en el instante previo a su desaparición: el momento en que la flor se cierra al florecer, en que la luz retrocede hacia su origen, en que el Dios creador deja de pronunciar su nombre y el poeta, al callar, lo continúa.

    Poética de la contracción no es un libro sobre el fin del mundo, sino sobre su reconfiguración constante. Todo lo que termina vuelve a empezar de otra forma. El universo, el amor y la poesía —como las orugas azules de mis primeros textos— solo existen en ese movimiento perpetuo de contracción y resurrección.

 

 

I. Expansión: el origen y la conciencia

El universo se enciende. Nacen la duda, el deseo y la palabra. La materia comienza a reconocerse a sí misma.

 

Pájaros 

Un pájaro corta,
con un ala, el cielo.
Por la ventana herida
entra otro pájaro,
idéntico al primero.


Ambos compiten con sus alas
y con el filo de sus vuelos segadores.
Entran, agudos, otros pájaros,
idénticos a los dos primeros.


Un calidoscopio cercenado de luces y haces:
como un azul adentro
y más azules afuera,
con un corte de plumas que sangra alas,
queda.


A mis ojos llegan los colores
de las tijeras,
y se van los lienzos.
Se llenan de batires
y se vacían de cielos.

Pero mis párpados
cortan los pájaros
y sueñan
con cielos ya muertos.

 

 

 El séptimo segmento 

Todo su séptimo segmento,
refrescado por un zumbar de ópalo de fuego.

Lo primero ante la forma sin fondo de mi ojo,
dorado y eclipsado de líneas,
atravesó la aurora norte de mi ventana.
(¿Partes o la totalidad de su ser me asustaron?)

Le siguieron unas piruetas circulares sobre la escalera,
malabarismos y acrobacias sobre una planta,
como si estuviera agrandando sus dominios,
apoyando su fragancia sobre el aire de mi cuarto.

Después voló hasta los colores de una revista
y caminó sobre un planeta inexplorado y roto,
muerto en la base de la frontera interior del infinito,
y se metió detrás de las palabras,
en el origen de los signos,
mientras el punto equidistante de su sombra
en el ojo sin color de un niño muerto.

Después exploró vertical la poesía,
la mano fuera del cuerpo,
los pájaros en los renglones,
la relatividad de todos los ceros,
hasta que una luz furtiva
la encegueció desde la cama,
y trazando irregulares coreografías en el aire, la siguió.

Olisqueó las sábanas y el sudor de los amores pasajeros,
danzó con los elefantes azules en la almohada.

Confundida, hizo ochos sobre el cuaderno
y, espiralada como los pensamientos del poeta,
voló,
a la manga sin mano,
sobresaliendo de las gavetas
de la ropa muerta.

Trazando picos y valles, ascendió
hasta la naranja luminosa colgada del techo,
y allí dio volteretas, como una vieja
que inspecciona desconfiada la fruta en el supermercado.

Y con cierto aire de decepción se detuvo,
y hasta pareció que desde lo alto me miraba.

Vi brillar su aguijón
hasta el séptimo segmento,
sentí que mil agujas me rompían el hombro,
despedazaban un trocito de mi piel
y se quedaban erizadas en cien llamas en mi espalda.

Aunque su volar, en realidad,
tan tranquilo transcurría,
inútil  hacer caso, pensé,
a las coreografías de mi subconsciente,
la preocupación vana y desmedida 
por esos microscópicos elementos quitinosos
y esas glándulas ácidas tan dispuestas.

Me dediqué a observarla plácidamente, en cambio,
como si otoño fuera primavera,
o como si lanzaran una oferta de amor al por mayor
en la otra cuadra o en la otra esquina,
donde están casi siempre
todas las cosas que deseamos.

 

Si siento

    .Si siento que puedo empezar
desanudando el cuento,
o tener por principio un punto y coma;
poner las consonantes en los acentos
o el silencio final en los crepúsculos,
concluir cuando no empezaba
o pensar que el colibrí
es anterior al jardín.

    .Si siento que no puedo
multiplicar el pan ausente,
acariciar el agua con el alma,
beberme un viento puro
o fisionar, en toda la materia no ordinaria,
una nueva partícula, extra, de amor;
y si siento que no puedo llegar...
a tu corazón de oruga,
me pregunto cómo me sentí,
en la expansión.

 

La duda y la oruga

Tengo dudas de la misma profundidad
que la Fosa de las Marianas, o más.

Mis signos de pregunta tienen
la temperatura del origen:
burbujas rellenas de seres de barro,
peces rojos y mariposas,
de semillas sin fusión:
los puntos de la interrogación.

En mi antena retráctil,
la duda tiene un efecto termoacústico.
Un extremo se enfría
y el otro acumula todo el calor.
Pero ¿qué queda en medio?
¿una especie de aire inocuo?
¿tal vez el cero?
¿o es que se abre un pasaje a Dios?

Rodando sobre mí mismo,
intento hallar los mecanismos
de los posibles circunstanciales,
de las relativas verdades.
Y encuentro muchos, tal vez demasiados.

Entonces es
como recordar el sueño antes de soñarlo
y olvidarlo mientras estoy dormido.
Dos movimientos del ojo me delatan,
me dibujan en la esfera duda,
y unos anillos minúsculos y fluorescentes
brotan en el último segmento de la antena
que ya no puedo retraer
(señales químicas de la duda).

En mi último viaje a China,
oí el grito de una oruga llamándome
entre decenas de otros ruidos.
Impresionado quedé al verla:
con la forma tan elegante que tenía
de estimular con sus patas una glándula
y de producir un canto líquido
frotándose unas partes impronunciables de su cuerpo.

Escuché con atención lo que me dijo:

“Al ser Dios,
cayó, desde todos sus diagramas de energía,
una semilla cósmica
que inmediatamente fue en su cuerpo
e inmediatamente no fue.
Su ser no-ser fue, es y será,
al igual que su contorno infinito
y, a su vez, su nada.

Dicen en las Piras de los primeros dioses
que esta binaria pulsión
tiene, sin embargo, un medio
en el que se encuentra lo inmediato.
En el Dios, pero caído de él,
de ello se nutre la duda
y replica su fundamento y su razón de ser.

La duda lo será siempre,
pero también dejará de serlo.

Dios no mira la semilla,
pues en su existencia lo inmediato no es el tiempo.
Por eso la duda no ocupa ninguna parte de su espacio.

Lo inmediato y la duda
pertenecen a los hombres y a las orugas.
Dios no duda nunca.
Los hombres y las orugas, siempre.

Dios está en Dios.
Los hombres y las orugas están en Dios,
pero caídos de él.

Dios está en los extremos:
es frío o caliente.
Los hombres y las orugas, en el medio:
ni fríos ni calientes.”

Terminado de decir, la oruga
torneaba los ojos en éxtasis místico,
con unas elipsis de tan bella forma
que caí en sus fondos que parecían
colores perdidamente.
Y, entonces, se fue.

En un plank ya no estaba
(tan poco duró mi amor).
En esos diez segundos, tan contables y precisos,
comenzó todo, sin embargo.

La duda comenzó a rodar conmigo
y a dormirse en mí mismo,
haciendo que todo
sea una incomprensible extensión
de lo esencial y lo perfecto.

¿Pero qué es lo perfecto y qué lo imperfecto?
A los hombres nos gusta dudar con el ojo abierto
y con la antena bien salida
(sé que también a las orugas).

¿Será porque ya no sentimos el dolor de la caída?
¿Será porque nos amamos con naturalidad,
tanto hombres como orugas?

En mi cuarto, adornado solo con una hamaca paraguaya,
donde transito las zonas más prohibidas del onirismo,
medito
sobre los beneficios de la belleza en todas sus formas.

Mientras saco y retraigo
la minúscula antena sobre mi ojo,
dudo sobre sus beneficios,
y de los contenidos de sus formas.
Dudo de su forma y hasta
dudo de su duda,
de su existir,
pues de hacerlo, creo que
sería un Todo indudable todo.

¿Y si la belleza es duda?
¿O la duda, belleza?
¿O si puede haber una belleza dudosa?
¿O decirse que es una belleza, la duda?

 

El espejo y el pez 

En el espejo, muy cerca del Quinteto de Stephan,
toqué un pez,
formado en un crisol cristalizado de cuarzo,
con un centro térmico en su espacio textológico,
y un protosexo semejante al de la Venus de Laussel.

Sus esferas celestes —heterogéneamente uniformes—
fusionaban todos los paralelismos del infinito,
como un sonido del interior hacia el interior,
o un filamento adyacente a sí mismo.

Así imaginaron los seres unidimensionales, vibrantes:
las hipotéticas partículas
sostenidas por una mano compactificada,
supersimétrica, de branas invisibles.

Entonces el pez —resbaladizo en su propio ciclo—
nació otra vez, incomprendido,
como la sombra repetida e infinita de su propia sombra.

Una lluvia de electrones de silicio
descendió desde el cristal primordial,
y entre luz y sombra —vos y yo—
fuimos solo uno con ojos de quitón,
aguijoneándonos con miradas hidrópicas,
rebotando en la sustancia que nos forma
como rayos que se extravían de su haz
o haces que se incendian como rayos.

Tirándonos saques y voleas,
tocándonos con nuestras antenas retráctiles,
de pie sobre la herida sagrada,
meditamos la primera palabra,
la que nombra la noche anterior al Dios.

Nos levantamos de su dolor,
caminamos por sus silencios
y por su soledad,
con el ojo puesto en los soles
que cargamos en las espaldas.

Y cuando todas las fases sagradas
calentaron la sopa de quarks,
y ochenta mil millones de palabras en un alfiler
enrollaron sobre sí mismas la geografía absoluta
de una fracción de sus alas,

entonces, sin miedo a la luz
ni al calor junto a la luz,
reparamos los sueños en ocho hélices,
frotando aromas hasta los rótulos.

Hasta que, al fin,
una voz secreta —y sin sexo—
rompió el silencio creador:
la cifra, el código,
el cero y el uno,
la partitura del origen
que traduce el sentido

del sueño en el sueño,
del Dios en  Dios.

 

Carta a la Oruga (tiempo de contracción)

Querida Oruga:
Cómo extraño las épocas gloriosas
del Big Bang.
¡Qué buenos tiempos aquellos!
Pareciera que fue hoy mismo
y, sin embargo, hay toda una curva mitad
que ya se cierra.
Casi como el frío que me impone
Usted.
La última vez que la vi
hacía despertar la brisa en la cara
con sus tornasoladas alas
que yo entendí, como señal
inequívoca del amor.
Sin embargo, ahora que es oruga
no me dedica ni un Planck de su tiempo.
Y no entiendo esas miradas furtivas
al colibrí
ni esos suspiros cuando pasa.
Se me desdibuja el árbol genealógico
con solo pensar
que pretende Usted,  algo con él.
¿Qué son?
¿sus alas? ¿sus piruetas en el aire?
¿su liviano aspecto ante las flores?
Yo no puedo ofrecerle nada de esos espectáculos
pero le aseguro:
Mi corazón late hacia la niñez
repitiendo su nombre una y otra vez…
tanto o más que en mi vejez.

 

Lenguaje de los besos

Un universo mítico se dibuja
en el lenguaje de los besos:
un fundamento sin palabra,
un artificio preexistente al austral ombligo.

En el cristal de las comisuras,
mi llama ancla tu lengua;
busca la fuente,
el fósforo que encendió el vacío,
los epígonos ígneos del caos,
la materia oscura de tus hogueras,
el rojo vino que enardece el cosmos
el cálido concierto de tus silencios absolutos.

Rastreo los balsámicos espacios,
construyendo puentes hasta los latidos
que secretan rítmica combustión orgánica
de tu sangre con luna de sombra plena.

Busco en los arrecifes de tu fractal ojo,
me sumerjo en la materia esencial de tu sonrisa,
codiciando la etimología secreta de sus profundidades.

Estremezco la araña de tus telares,
froto tus papilas de oruga azul,
los primeros y los últimos segmentos de tu piel.

Giro alrededor de los astros en tus moléculas
hasta encontrar los soles,
para regar con mis elipses tus fuegos,
para desconectarte del espejo
y que seas parte indisoluble
de las proporciones de mis sábanas,

de los días, de las noches,

y las secreciones cristalinas de mi alma.

 

Increpo a tus erizos húmedos de corceles,
trepando los amuletos y los tiempos lunares de tu cuello,
los silábicos signos de tu piel,
las letras de tu oración despierta,
la sintaxis exquisita de tus gemidos.

Persigo los rituales sonidos que exhumas,
respondo a todas las esfinges en tus laberintos,
conduzco la ceguera de tu palabra ida,
me embebo sediento en el lodo con que Dios te hizo,
y caigo,
y caigo,
y no regreso más
de ti.

 

II. Contracción: el colapso de la materia y del amor

La energía se condensa. El amor se transforma en densidad, el tiempo se repliega, Dios se disuelve en la ecuación.

 

 

Contracción

Esta certeza que tengo hoy
ayer volverá a ser duda.

No sé nada de lo que cargo en mis espaldas
ni de las cosas a las que he renunciado,
pero puedo contar, todo lo que fui
todo el futuro
y ver cómo el pulso del Universo

la partitura del vacío
recupera su masa originaria,

su singularidad,
como si el amor, último quark de luz,
se negara a caer del todo.

 

Supe de un amor
que nunca fue,
cuando, en este principio, morí.

¿Qué esperanzas tengo ahora?

 

Manto

Al verme en tus ojos de noche clara,
y respirar el aire por tus pestañas agitado,
vuelcas sobre mí un manto de algo...
de hilos estelares y de puntos latiendo,
y todo yo desaparezco:
me convierto en una baba cósmica,
una primigenia sustancia sin historia.

Pero al pasar las agujas por los horarios,
ese manto —con la humedad de tus oasis—
se va achicando,
a fuerza de obligaciones sin sentido.

Tanto, tanto se reduce,
que en una densa y pesada piedra se transforma,
un núcleo vivo con tentáculos de abrasiva goma,
restregando la carne en lo más profundo de mi centro,
mi más centro más adentro,
sin tus fugitivos contornos metafísicos.

Busco en la noche clara,
en la cosmovisión donde se reflejan tus ojos.
Busco y me miro, busco y te miro,
para que mis ojos te encuentren,
para que me absorban los tuyos.

 

Después del Plank

Habían pasado tantos Planks
desde que cerré, adentro, la puerta.

Varias veces en los ceros,
y el humo espeso del narguile aún
derramaba nubes de minúsculos
partones con olor a pasionaria.

Lejos ha quedado ya, en el tiempo,
tu microfísica presencia.

Todos mis electrones, mis protones
y neutrones
hacen una sola estructura, ahora,
con tu amorosa forma de oruga.

De las cosas más elusivas
de tu macroscópica belleza,
quiero descubrir tu núcleo deutérico,
tus partículas misteriosas,
tus sabores más livianos y sutiles.

¡Atravesado estoy
por todos tus rayos gamma!

Pero pones distancia,
distancia que no se puede medir con el cero,
como si de nieve fueras, de pronto, vapor o nube.

Siento que somos tan electrónicos el uno para el otro
que no puedo entender
ese medio que pusiste entre los dos,
ni la densa materia de oscuridad y silencio
con que está hecho.

La primera vez que mi ojo te miró,
inmediatamente después de la vez cero,
no pude dejar de diagramarte
en cada uno de mis pensamientos,
y tenerte presente por esas zonas del cero
que me gusta transitar en el sueño.

¡Has puesto tanta frontera entre los dos!
Y yo he sido tan menos unos y tan cero,
como vos, sin menos uno ni cero,
que tu imagen
y toda la materia de tu imagen
se contrae heteróclitamente,
cerrando un tiempo y un espacio
que yo no puedo habitar ni comprender.

Porque ya te alejas,
porque ya te has alejado,
mucho más acá de la Séptima Galaxia,
donde pierdes tus dimensiones mitológicas.

Nuestro amor duró menos que un Plank,
o tal vez ni eso.

Ni tu ausencia
ni la ausencia de tu ausencia
hacen que se me retraiga la antena.

Te llevaré siempre en la fracción billonésima
en que vi tus órbitas
interesarse, un poquito, en mí.

El resto de nuestra historia
es pura contracción.

 

Venus Oruga

Con el aguijón de tus siete segmentos
atraes la materia toda, oscura.

Con el espesor de la obsidiana,
la que alumbras.

Cristalinas partículas de universo,
encendidas, se hacen libres,
evaporadas, en etéreo viaje al centro:
cada vez, menos uno; cada vez, más cero.

Ya veo la aldea a lo lejos,
sin puertas, ni calles, ni laberintos.

Veo al toro, al buitre,
al disco solar anterior a Mitra,
y a la Venus Oruga
con la razón y el número
de las alas que ya ha volado.

 

Decreación

El mundo no avanza: retrocede.
El tiempo, en realidad, se contrae.


Desentendemos el punto Omega.
El azar fue antes.
El próximo será  reflejo,
la réplica invertida de la existencia.


Las mariposas serán sin alas: orugas.
Y el código binario del tiempo,
menos uno y cero,
una aritmética de la nada,
un cálculo del indescifrable vacío,
hasta la total ausencia
del mismo Dios.

 

III. Residuo: el apagamiento y el retorno

De la contracción surge otra forma de existencia. No hay fin, solo reconfiguración. La poesía continúa lo que el universo calla.

 

 

Sin Edén

Como un colibrí en un jardín sin flor,
perdido en un cosmos cerrado,
hecho de crujientes ramas secas:
uno, que elegí, tal vez, equivocado.

Como una flor sin agua,
como una boca sin pan,
como una lengua sin papilas
que lame un triste amor sin piel.

Como una leve nube solitaria y sin lluvia,
raíz sin pie, vuelo sin nido, letra sin papel,
inerte como el metal sin filo,
reunión de sueños sin dueños ya ciegos.

Insensible cantar de la luna nueva,
anochecer sin noche,
día sin horas.

Y yo,
sin vos,
como un dios,
sin Edén
y sin tu amor.

 

Orugas

Las orugas miran por igual
a los hombres y a los colibríes.

A los hombres, por ser pequeños;
a los colibríes, por tener alas.

Los hombres no entienden los vuelos del colibrí;
las orugas, en cambio, los añoran.

 

Retorno

Todos los poetas y todos los locos,
y todos los cuerdos con sus desacuerdos,
deseamos encontrar
la flor que se cierra al florecer
y el fulgor de la rama
cuando recupera sus hojas caídas.

Resuena el redoble final, ad libitum.
Las arenas bañan las olas
sobre las huellas que no dejamos.

El niño, volviendo al vientre
y a sus ancestros.
El árbol a la semilla,
y la semilla al viento,
y el viento al pájaro.

El agua que se bebe,
al hombre que se bebe el agua.

Los poemas que se desleen
como las alas de la mariposa
que regresa del vuelo a la crisálida,
y vuelve a ser
oruga azul
entre las hojas.

 

 

Comentarios

  1. Esa "intuición cósmica difícil de nombrar" es, para mí, la inspiración.

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  2. "Pájaros", amo ese poema, es perfecto. Recuerdo que lo leíste en la Biblioteca en Jardín América.

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  3. Zarpadísimo "El séptimo segmento". Genial y perfecto.
    (Voy de a uno, no quiero que se me terminen tan rápido los textos, jaja)

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