Negro Ramón
Negro Ramón
Sacó un papel Atala del bolsillo y lo restregó entre ambas manos con delicadeza. Distribuyó un puñadito exacto de tabaco en la hojilla alquitranada, dio un lengüetazo al borde sin engomar y, con destreza, hizo girar todo con los pulgares e índices en cada extremo. En un segundo encendió el armado. Los bordes del bigote y el lado izquierdo, con mayor solidez y vivacidad, amarilleaban años de nicotina y contrastaban con el blanco de su larga barba.
Alto, corpulento y fornido, llevaba siempre el pelo recogido en la nuca. La tez, del color de los soles de cientos de días, y los ojos cargados de historias: amables con cualquiera que estuviera pronto a estirar la oreja y escucharlas. Don Ramón era un tipo, como dijo uno de sus mejores amigos, el Juan, completamente fuera del sistema. Nunca existió legalmente porque jamás tuvo cédula, y por eso tampoco votó ni ejerció ninguno de los derechos civiles propios de cualquier ciudadano.
Sin embargo, era indudable que su figura se destacaba como miembro de la comunidad y de la historia local. Nadie, en La Paloma, podía decir que no lo conocía: todos, alguna vez, habían tenido trato con él. De temperamento fuerte, rayando muchas veces el mal carácter, se dedicaba a reparar motosierras, podadoras, bordeadoras y otras herramientas por el estilo.
Si la máquina era made in China y el Negro Ramón estaba de pocas pulgas, para él no era más que una porquería. Te sacaba cagando, cosa de que nunca más se te ocurriera hacerle perder el tiempo con aparatos que no tenían arreglo.
Atrás, siempre e indefectiblemente, lo acompañaba la Taca con unos ladridos intraducibles que solo ella era capaz de proferir y Don Ramón de entender. La Taca, con su cuerpo redondo y rechoncho y la dentadura inferior siempre expuesta —no por predisposición del ánimo sino por configuración genética— tenía, en años perrunos, más o menos la misma edad que su dueño y amigo. Cuando ya no quedaba ningún hueso para mordisquear, lo más seguro era que anduviera persiguiendo al Negro, lamentándose con unos agudos gemidos, manifestando así que ya era hora de ir a cambiar de lugar a los caballos, otra de las ocupaciones de Don Ramón y que, evidentemente, a ella le eran muy de su gusto.
Mate bajo el brazo y pucho entre los bigotes, el Negro Ramón, siempre dispuesto a la conversación, solía acercarse con cualquier comentario para largar el cuento. Historias de marinero, de peces que hace años llenaban las barcas y que ahora tristemente volvían vacías; de montes y de pinos; de lumbalgias que retornaban de sus dieciséis hasta sus sesenta y pico actuales; de los que fueron llegando después de él y de los que ya estuvieron antes.
Contaba de las épocas en que el poblado era próspero gracias al puerto y al abundante turismo, del vivero donde terminó metida su casita, de la Rosa y su templo budista o su poca predisposición para el trabajo, de los quilombos que tenía tal o cual familia por una herencia disputada hace años, y de las cosas que iba encontrando o le daban y que formaban una gigantesca maraña de inutilidades que él atesoraba, pues en algún momento de algo podrían servir.
El interior de la casa era el centro de aquel tremendo depósito de chatarra: heladeras viejas, cocinas inutilizables, lavarropas del año del ñaupa, partes de embarcaciones, restos de alguna obra y máquinas de todo tipo que ya no funcionaban y fueron abandonadas por sus dueños. Todo rodeado por variedades de plantas del vivero y frondosos árboles de diferentes especies.
—¿Cómo aaaandas, muchacho? —solía decir al acercarse, mientras se cebaba un mate y chupaba un pucho ya casi por extinguirse—. ¡Paaaah! La Taca anoche se morfó medio kilo de asado que me trajo el vecino. Como era mucho para mí, lo compartí con ella. Ahora anda echada, pero ni bien aparezca la Manazas con los bizcochos, rapidito va a reclamar su parte.
Y ahí empezaba con una historia tras otra, haciéndote dudar de su inexistencia jurídica o de la veracidad de los argumentos leguleyos que lo calificaban como un vulgar NN sin derechos por no estar registrado.
Otras veces se juntaba con unos jubilados que, de tanto contarse sus achaques y dolencias, terminaban todos queriendo volver a la cama. Pero cada uno hacía lo que le tocaba: ir al supermercado, realizar la caminata que sugirió el doctor y, en el caso del Negro, arreglar alguna motosierra si la había o buscar conversación con alguno de los empleados del vivero.
Cierta ocasión me encontraba hincando estacas de hortensias bajo la sombra de unos árboles, justo al lado del invernáculo pegado a su casa, cuando veo entrar con motosierra en mano a un hombre de edad avanzada al que Don Ramón atendió inmediatamente.
—¡Adióoooos! —dijo el hombre, respetuoso y de buen ánimo—. Sabe que anoche me parece que lo vi en la tele, Ramón. Empezó la película y me pareció que era usted. Por eso traje la motosierra, para ver si le cambia el aceite, porque larga mucho humo.
—¡Paaaah, sí! Trabajé en tres películas —contestó el Negro Ramón como si no fuera la gran cosa—, de un director francés, y con una llegamos hasta Cannes.
Yo, desde mi lugarcito, estiré la oreja porque no podía creer que, considerando que no constaba su existencia por ningún lado y que estaba afuera de todo —como decía su mejor amigo—, hubiera participado en tres películas de un director francés y que al menos una la hayan proyectado en Cannes.
Por eso, en cuanto pude, estiré la voz una vez que el hombre se fue y lo atraje hasta donde estaba para que me converse un rato, especialmente sobre ese tema.
—Lo que pasa es que buscaban un gaucho y yo me presenté al casting y me dieron el papel. Andaba en el carro con mis caballos y la Taca y... mucho diálogo no tenía, porque era cine experimental y yo nunca la vi. La paga era buena, por eso mismo me interesó actuar.
—Mire usted —le dije con admiración—, toda una estrella de cine y uno se entera de pura casualidad.
El Negro rió desde el pecho, estertorosamente, y se armó otro pucho de inmediato, mientras la Taca se acomodaba debajo de algunas plantas, haciendo sonidos quejosos sin abrir la boca.
—¡Y me llamaron para otra película! —añadió—. Firmé contrato y todo, pero me dijeron que pasaban a buscarme a las ocho y pasaron las ocho, ya eran las ocho y media, las nueve, las nueve y media... las diez, y me cansé de esperar. Justito cuando estaban llegando para llevarme al set de filmación di media vuelta y me fui. Que me dejen de joder, que se vayan a la puta que los parió. Que yo, por gaucho, no voy a andar perdiendo mi tiempo, por más director francés que seas —contó, y soltó una carcajada ronca. Después tosió secamente durante unos minutos, y la Taca levantó la cabeza por las dudas, para ver si el viejo no se estaba ya muriendo—. ¡Paaaaah! ¡Voy a dejar de fumar! El tabaco me está matando —dijo, y tiró el pucho, el tabaco y las hojillas con tanta rabia que fueron a parar como a veinte metros. Se fue pisando fuerte y rezongando quién sabe a dónde, con la Taca atrás moviendo la cola.
Al día siguiente, el Negro Ramón continuaba sin fumar y parecía que su decisión era férrea y definitiva, aunque andaba quejándose de unos dolores en el pecho y unos mareos, unos calores, una aparente indigestión y de la dura vida que había tenido desde muy joven. Por eso, también —y al parecer— permanecía siempre cerca de alguien que prestara atención a sus quejas sin sospechar nada extraño.
El día siguiente fue igual, y el siguiente lo mismo. Pero un día más, durante una calurosa siesta, mientras todos estábamos en nuestras casas a la hora del almuerzo, el Negro tuvo un infarto.
Cuando volvimos, la Taca estaba sola, con cara de compungida, sentada inmóvil en una esquina del vivero desde donde podía controlar todos los movimientos de cuatro cuadras al menos. Si el Negro llegaba, era indudable que lo iba a ver de inmediato. Nadie logró moverla de ahí. Solo de vez en cuando se arrimaba a una sombra cercana para mitigar el calor, se metía debajo de un arbusto a rascarse la espalda o comía algún bocado de alimento balanceado que, con toda comprensión y amabilidad, Juan dejaba en el lugar donde ella estaba. Se notaba que esas bolitas resecas no eran de su preferencia, aunque todos pensábamos que andaba inapetente de tanto extrañarlo al Ramón.
El ataque, como no había sido tan severo según él, lo trajo de regreso al poco tiempo. En el hospital le preguntaron si fumaba y respondió con un categórico y enérgico ¡no! Pero la doctora, al advertir el color de su bigote y la disímil blancura de su barba, le preguntó si eso sucedía hacía mucho. Fulminante, y con la misma energía del “no” primero, respondió, como enojado, que hacía ya ¡tres días!
El Negro no obvió los comentarios irónicos de la doctora cuando regresó a sus rutinas habituales —y la Taca a las suyas—, y con cuanto interlocutor se le pusiera enfrente relataba la escena. Reconoció, sin embargo, que tres días no eran suficientes para considerarse un exfumador, y que el daño que le había producido el tabaco después de tantos años era irreparable; por eso, un tabaquito de vez en cuando no le haría ni más ni menos.
Pero los achaques continuaron: los malestares, la fatiga, el dolor en el pecho, los sofocones. Por ahí se le dormía un brazo o no alcanzaba a conciliar el sueño y salía a deambular de noche por los caminitos del vivero, preocupado por su estado y por quién sabe qué más.
Con el pucho no se dejó vencer, aunque cada tanto te pedía una chupada y rápidamente te daba la espalda, desapareciendo inmediatamente y largando humo como motosierra descompuesta. No obstante, se notaba que hacía el esfuerzo, y como para que se le borrara cualquier estigma de fumador empedernido, cualquier evidencia que le recordase el vicio, se cortó el bigote y la barba. El pelo incipiente que renacía era ahora todo de un mismo blanco.
También modificó algunas de sus conductas: se bañó y se cambió de ropa más seguido que de costumbre —por lo menos una o dos veces por semana—; cuidó un poco su alimentación; dejó que le acercaran un plato más saludable de comida, siempre y cuando sobrara también para la Taca; y, sobre todo, trató de ser más paciente con sus clientes.
No hubo manera, eso sí, de desacumular todo el arsenal de objetos rescatados que permanecían amontonados dentro de la casilla y que apenas si le dejaban un espacio para meterse en la cama, esquivando por aquí y por allá, con la perra siempre atrás, acurrucándosele a los pies una vez que estaba echado.
Los días pasaron y las anécdotas de hospital protagonizaron los cuentos del Negro Ramón. Siempre surgía algún matiz nuevo que le daba a la historia un atractivo particular: el viaje en la ambulancia, el otro infarto que tuvo ahí mismo y del que zafó de casualidad, el hospital de Montevideo y el traslado a uno más pequeño del interior por falta de camas, las dificultades que tenían las enfermeras para atender al viejo rezongón, la recuperación y, finalmente, el regreso.
Todo volvió a la casi normalidad, aunque estaba mucho más flaco y, para colmo, ahora sin barba ni bigote. Casi nadie lo reconocía; sus conocidos se asustaban al verlo, porque se le notaba que, con un pie, había estado más allá que acá.
Su temperamento había empeorado, tal vez por la falta de nicotina o por el miedo que le produjo la cercana muerte, ya que se le notaba clarito en la cara que un poco se había asustado. Sin embargo, aunque tratara de andar más sosegado, eso le resultaba difícil: si alguien aparecía con cualquier cosa de origen chino, la cosa terminaba siempre a las puteadas y con un cliente disparando entre las plantas, por si acaso terminara recibiendo una trompada.
Unas semanas más tarde, la Taca amaneció sin vida a los pies de su gran amigo, quien la lloró con profunda tristeza hasta pocos días después, cuando él mismo también partió.
A pesar de no existir en los papeles, el Negro Ramón ocupó un espacio importante en la vida de todos los que lo conocimos. Cada uno se llevó más de una sonrisa recordando alguna que otra historia inspirada en su trajinar por la vida.
Su casa ahora está limpia, y todas las cosas que acumuló durante años fueron a parar a la basura, pues no tenían sentido para nadie más que para él. Al frente, en el tronco de un árbol que él mismo plantó, colocaron un cartel que dice:
“El rincón del Negro Ramón”.
Muchos, al leer el cartel, podemos recordarlo saliendo medio agachado, esquivando las crispadas flores del cerezo, con un pucho entre los labios, el mate y el eterno termo bajo el brazo, dispuesto a contarse un cuento para entretener a quien lo escuchara.
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