Djunn

Este texto fue escrito desde el temblor de alguien que aún no sabe cuánto está perdiendo,intento de hallar significado en lo inefable.


DJUNN

Formar parte de esa sociedad
no era tarea fácil.

Requería grandes esfuerzos.

Pero Djunn
perseveraba siempre
en cada cosa que su voluntad deseaba.

Durante años caminó por los bosques
del hospitalario
y a veces perverso rey
llamado Mandú.

Perverso,
porque gustaba disfrazar algunos árboles
de especies desconocidas,
con el solo propósito
de confundir al viajante
que se atreviera a cruzar por sus edenes.

Djunn se topó con algunos de ellos,
pero supo descifrar
los relatos que ocultaban su verdadera identidad.

Había descubierto un secreto
que circulaba de boca en boca
pero que, sin embargo,
cayó en el desacreditado territorio
de los mitos y las leyendas.

En aquella época,
nadie creía que recitando un poema
podríamos hacer florecer los lapachos
con su verdadero color,
o, en otros casos,
descubrir el nido diminuto del Mainumbí.

Eran mitos o leyendas,
ya ni siquiera podía distinguirse
entre una y otra cosa.


Una noche,
Djunn, con luz de luna llena,
escuchó el sonido de un instrumento de cuerdas
que no registraba entre las notas
que encerrara en su memoria.

No despertaban ningún recuerdo.

Lo intentó reiteradas veces,
pero no pudo, al final,
traducir en palabras los indicios de ese signo.

Entonces,
se sentó
y escuchó.

Comprendió la historia que construían las notas,
pero había algunas que parecían negras,
otras eran fusas;
aunque la mayoría, con-fusas.

Y lo que más desconcertaba su ser
eran los silencios.

Un estremecimiento,
en forma de babosas por la espalda,
derrumbó sus sentidos,
los mundos y universos
que hasta ese momento él conocía.

Esto es extraño —pensó,
y se animó a concluir
algo que podría ayudarlo a comprender.


Pero, no se conformó con escuchar.
Además, quería ver.

Por ello, se dirigió
hasta el lugar de donde provenían los sonidos,
guiándose por ellos mismos.

Cuando llegó al sitio
encontró sobre una roca blanca
a un juglar.

Estaba vestido a la antigua usanza,
y el color de su piel
parecía desgastado y sordo.

No advirtió este personaje
la presencia de Djunn,
y continuó apaciblemente,
ejecutando la melodía,
sin que importara
la presencia de aquel intruso.

Djunn,
que ya tenía bastante camino recorrido,
sabía que no debía interrumpir;
que debía esperar
a que silenciara los acordes
que tanto lo abstraían.

Cuando por fin pudo hacerlo,
el juglar se puso de pie
y le dijo apenas unas palabras:

“Es música.
Espero la hayas disfrutado.”

Luego se fue,
evidenciando el mal humor
que le ocasionara la injerencia de Djunn,
quien había elaborado
una larga taxonomía de preguntas relevantes
respecto a su oficio,
pero se tuvo que tragar todo el cuestionario.

Y por eso,
pasó a ocupar el lugar del juglar por un tiempo,
tratando de contestar él mismo
todas las preguntas
que se fueron amontonando en su conciencia
desde que escuchó esa música
de la cual no tenía más información
que su propia melodía.


Djunn estiró su larga barba
reiteradas veces
y dibujó un triángulo  equilátero en su frente.

Después fijó la vista en un objeto
al que tampoco pudo definir
(porque era sólo un punto amarillo
como el sol).

Acomodó luego sus largas y puntiagudas orejas
y enruló las puntas de sus zapatillas hacia adentro,
como hacía siempre.

Pasó un tiempo
y no pudo hacer más que
enrular su barba,
estirar sus zapatillas,
dibujar un cuadrado perfecto en su frente
y desacomodar sus orejas
para volverlas a su posición original
al cabo de un rato.

Pero respuestas,...
no encontró ninguna.


En un gran esfuerzo de rememoración
tarareó la melodía
y descubrió, gratamente,
que resultaban placenteras y relajantes.

Eso sólo bastó
para quedarse un rato más,
absorto en la melodía
que brotaba de las vibraciones
que producía con sus labios encontrados.


Un buen día,
se acerca un sujeto
y se sienta a su lado.

Djunn hizo de cuenta que no había nadie
y persistió en el vibrar de sus labios
por un rato,
hasta que al final se detuvo.

El sujeto, sin mucha demora,
desperdigó un borbotón de preguntas:

¿Qué hacés?
¿Qué estás haciendo?
¿Y ese ruido?
¿Lo hacías vos?
¿Cómo se llama?
¿Vivís de eso?
¿Tenés un sueldo seguro?
¿Te deja plata?
¿Hay que estudiar para eso?
¿Fuiste a la universidad?
¿Se puede hacer a distancia?
¿Se puede hacer en dúos o tríos?
¿Y en grupo?
¿Vos lo hacés siempre solo?
¿Quién te enseñó?
¿Por qué sobre esta roca blanca?
¿Por algo en especial?
¿No te aburre?
¿En qué pensás cuando lo hacés?
¿Te gusta? En serio, ¿te gusta?
¿Conocés otras melodías?
¿Vos compusiste ésta?
¿Alguien te enseñó?
¿Aprendiste solo?
¿Se puede hacer en el baño o la cocina
o la terraza?
¿En el dormitorio?
¿Hace mucho lo hacés?
¿Sabés por qué lo hacés?
¿A los demás les gusta?
¿Te pusiste a pensar en ello?
¿Qué piensan los otros?
¿Están de acuerdo?
¿Les gusta como a vos?
Porque a vos te gusta, ¿sí?
o ¿no?
Te gusta, ¿cierto?
Porque de otro modo
no me imagino por qué lo hacés.
¿Qué objetivos te planteás cuando lo hacés?
¿Cuáles son tus expectativas?
¿Es seguro, no?
¿No se corre ningún riesgo?
¿Hay algún tratado sobre el asunto
que pueda leer?
¿Existen leyes para esto?
¿Nadie lo prohíbe?
¿Alguien está a favor?... ¿en contra?...


Djunn
ya estaba al punto de la exasperación total
y decidió,
por tales circunstancias,
bajar un cambio
y cortar por lo sano
con tantos interrogantes
que por momentos
parecían elevarse al infinito.

Se buscó en las pupilas del otro
y se encontró,
primero vaga y difusamente:

“Estoy ahí” —se dijo introspectivamente.

Al cabo de unos segundos,
sin esquivar la vista,
preguntó:

“¿Qué ves?”

El otro tardó en articular una respuesta,
aunque le pareció obvia:

“A mí, claro.
Veo mi reflejo en tus ojos,
me veo a mí.”

Djunn sonrió
en la medida justa para la ocasión
y se fue.


En el camino que le quedaba por recorrer
meditó en todo lo que había meditado
y llegó a recriminarse la pregunta.

Después, hasta se reprochó
el no haberse dado cuenta
de la cantidad de gente
que transitaba por los mismos senderos que él.

Y le echó fertilizante a una pregunta
que no tardó en crecer:

“¿Por qué todos los demás
no se habían detenido
a escuchar al juglar?”

Inmediatamente recordó la respuesta
del inoportuno visitante
y escribió una melodía
en la que lamentaba
no haberse reconocido del todo
aquel día
que se encontró en la piedra blanca
y el pensar que sólo era un reflejo
en sus pupilas.


Fue inútil tratar de reponer
las oportunidades de encontrarse nuevamente,
y envuelto en una capa transparente y amniótica
continuó su marcha original.

Cuando estuvo en el umbral
comenzaron a estremecerlo
unas ganas enormes de salir de allí.

Cada pregunta que le hacían
era respondida
con el más absoluto mutismo.


Cuando llegó al lugar
que había soñado e imaginado antes,
lloró.

La música era más clara,
pero seguía sin entender nada.

Así que lloró más todavía.

Durante un buen tiempo
todo lo que necesitaba
lo conseguía por medio del llanto.

Pero,
esto deja de ser ficción.

(Publicado originalmenteen prosa,  en mayo de 2006)

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