Manifiesto III – La palabra que enseña

 

Manifiesto III – La palabra que enseña


Solo el Dios diseñó el todo
a partir de las especulaciones de su soledad.

La enseñanza, en cambio,
nace de un gesto compartido,
de una voz que se arriesga a salir del silencio
y otra que, esperanzada, la recibe.

Solo el Dios diseñó el todo
a partir de las especulaciones de su soledad.

El saber tiene formas circulares:
como madejas, como vuelos, como enjambres.
No desciende en línea recta;
se enreda en las miradas,
se transforma al pronunciarse,
se hace eco en los cuerpos que lo vibran.

La historia del aula cuenta
que fue maquinaria de vigilancia,
escenario de un poder sin réplica,
dispositivo, liturgia sorda, árido algoritmo,
gramática indiscutida de un orden déspota.

Pero algo tiembla sobre las mesas,
entre cuadernos y disciplinas:
alguien quiere decir nosotros.
Alguien desobedecer,
ensayar nuevas formas de habitar lo imposible.

Liberar la palabra de sus estructuras,
abrirla al temblor de lo compartido,
dejarla volver a respirar con otros.

Solo el Dios diseñó el todo
a partir de las especulaciones de su soledad.



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